El acónito
Cuarta parte que continúa la historia de Clara, Álvaro y Gonzalo.
Relato que continúa la historia de Álvaro, Clara y Gonzalo, creada por la talentosa Vanessamcflowers —escritora de romántica y de lo que le echen, y más maja que las pesetas—. Os dejo aquí abajo (en orden) los enlaces para que sigáis la historia:
Gonzalo Arjona miró a Clara y se encogió de hombros. Suspiró.
—¡Claro que haré algo! —dijo el cazador mientras arrugaba la frente—. Pero tú lárgate de aquí.
—Ni hablar, Logan. No pienso irme y dejar que mates a Álvaro.
Gonzalo gruñó, no solo porque lo compararan con el X-Men peludo y enano —en los cómics, al menos—, sino porque tener a la chica cerca complicaba mucho la situación. Elevó el cuello y admiró la luna llena. Bajó el brazo derecho, dejó su arma apuntando al suelo y observó la lucha: El espécimen gris hacía lo que podía, pero el de pelaje negro era un alfa de manual. Gonzalo calculó que debía sobrepasar los dos metros.
El cazador se sorprendió a sí mismo pensando qué harían Diego y Jesús si estuvieran en su misma situación. Esperarían a que el alfa se cargase al otro, probablemente. Entonces vaciarían el tambor de la Colt sobre él con una lluvia de balas de plata. Oyó a Jesús dentro de su cabeza:
«¿Qué vas a hacer, Gonzalín? ¿Es que tenemos que ir allí para ayudarte? Tienes miedo, ¿verdad?».
—¡No tengo miedo! —exclamó. Clara se sobresaltó y se lo quedó mirando con el ceño fruncido. Gonzalo le devolvió la mirada.
El lobo negro lanzó un tajo vertical con su garra derecha y acertó a Álvaro en el abdomen. El aullido del chico provocó que una bandada de pájaros saliera despedida del bosque y se perdiera en la neblina.
—¡Me alegro, pero ayúdalo! —La joven cambió el semblante y apretó los labios.
El alfa se abalanzó sobre Álvaro, lo sujetó por el cuello y lo estrelló contra el suelo con violencia, levantando briznas de hierba y salpicando tierra húmeda. Olía a petricor. Gonzalo deslizó su Colt Python de vuelta a la funda y sacó una bolsa de tela de la mochila. Tiró de uno de los cabos para abrirla, formó una pinza con los dedos índice y pulgar y la introdujo en su interior. Cuando iba a retirar la mano, Clara lo asió del brazo.
—¿Qué es eso? —dijo mientras mantenía el agarre con fuerza.
Gonzalo sintió los dedos delgados de la chica a través de la camisa. Los tenía helados.
«¿Te va a frenar una universitaria? Por el amor de Dios, Gonzalín, sabíamos que eras un mierda, pero has subido a nivel nenaza».
Gonzalo fijó su mirada en Clara. Los ojos de la chica brillaban con determinación. Era evidente que se preocupaba por ese Álvaro. El cazador pensó que, en un mundo paralelo, podría haber cruzado algunas palabras con ella. Quizá hasta la hiciera reír con alguna anécdota graciosa de cuando tuvo que trabajar de cajero en el Consum para costearse su formación militar. Una vez, un cliente depositó en la cinta una caja de preservativos. Gonzalo lo miró de arriba abajo y soltó: «Aquí no envolvemos para regalo». El cliente no se rio, pero al cazador se le esbozaba una media sonrisa cada vez que lo recordaba. ¿Se reiría Clara si se lo contaba? Probablemente no. Pensaría que un excajero peludo de metro sesenta y cazador de hombres lobo requería de mucha más gracia para merecerse una carcajada. Seguro que se partiría el culo si fuera Álvaro quien contara la anécdota. Incluso se llevaría la mano a la boca con decencia fingida. Pero Gonzalo no era Álvaro. No era alto ni guapo ni ningún ser sobrenatural con súper fuerza y ojos de galán. El cazador tenía que jugar la partida con las cartas que le habían tocado: manos ásperas, rictus serio, una puntería envidiable y el carisma de unas plantillas ortopédicas.
—Es acónito —dijo Gonzalo—. Tranquila. A estas dosis solo los dormirá.
Clara asintió y liberó la presión.
—Confío en ti. No le hagas daño. —La chica arrugó la frente—. Por favor.
Con el polvo en la mano, el cazador corrió hacia los hombres lobo. El alfa, que se aferraba al hocico de Álvaro e impedía que este pudiera abrirlo, mordió con furia. Un hilo de sangre emanó del cuello del joven a intervalos regulares y fue tintando de rojo el pelaje gris. Gonzalo sabía que el mordisco había alcanzado la carótida derecha del chico, que chilló de dolor. No aulló como una bestia, sino gritó como grita alguien con alma y conciencia; con preocupaciones y obligaciones; con gente que le importa y personas de las que se preocupa: gritó como un ser humano. Clara también lo hizo. El sonido agudo atravesó los tímpanos de Gonzalo y sintió una punzada de remordimiento. Anduvo un par de pasos hasta que estuvo a menos de un metro de los licántropos. El alfa mantenía la mordida. Álvaro cerraba y abría sus ojos dorados, que miraban al infinito. El cazador lanzó el polvo de acónito sobre ambos. El lobo del pelaje negro abrió la mandíbula y dejó de morder. El chico aprovechó para liberarse, se orientó de cara a su adversario y se quedó a cuatro patas con el hocico arrugado. Rugió con furia. El alfa se incorporó. Levantó los brazos y sus garras blancas brillaron bajo la luz de la luna. Justo después, cerró los ojos y cayó al suelo. Álvaro se dejó vencer por el sueño y la gravedad e hizo lo mismo. «Son míos», pensó Gonzalo.
CONTINUARÁ EN LA NEWSLETTER DE VANESSA MCFLOWERS 🐺




Qué voy a decir? Amo a Gonzalín y todo lo que aportas! Espero que la próxima parte esté a la altura! 🐺🖤🌕
Gracias por sacar un ratito de su tiempo y regalarnos esta historia. Me tienen en suspenso ustedes dos. Me encanta cómo ha ido evolucionando y sus personajes.